miércoles, 23 de mayo de 2012

Arena en la mochila



Sin darnos cuenta llegó el día que temíamos todos. El viaje tenía unos objetivos que cumplir, un principio y un final. Y el final había llegado. El último día fueron lágrimas y estrés de no poder despedirnos de todas las personas a las que habíamos conocido y con las que habíamos compartido tantos momentos. Desde el hombre que nos cruzamos un día y que nos llevó en coche a algún lugar sin pedir nada a cambio, pasando por el dependiente de la tienda de la esquina, los trabajadores del hospital, de Protocolo, los chicos del quiosco, Rais y los chicos de Salamanca, Castro, Mahfud, hasta Neita y toda su familia que nos acogieron desde el primer día como si fuéramos sus hijos. Todas las personas que se cruzaron con nosotros y que nos regalaron su sonrisa merecen ser mencionados, pero es imposible poder nombrar a prácticamente toda la población de Smara.

Dicen que minutos antes de morir ves pasar tu vida como si de una película se tratase. No se como será ese momento, pero seguramente se parezca al instante en que, montados ya en el autobús camino al aeropuerto, vas viendo pasar todos los buenos momentos que has vivido en Smara. Y es entonces cuando rompes a llorar, pero no es pena. Tienes la extraña sensación de que los estás abandonando. De que lo han dado todo para que pasaras los mejores días en su casa, en su país y tu, llegado el día final, los abandonaras. Te vuelves a tu casa con tus comodidades de siempre, con tu rutina de siempre y a ellos los dejas allí, en un campo de refugiados que llevan arrastrando desde hace 35 años, sin agua, sin comida, sin nada, en mitad de un desierto. Ni siquiera te llevas el consuelo de haber hecho algo por ellos, porque sabes perfectamente que ellos han hecho mucho mas por ti. Lo mires por donde lo mires, sales ganando. No es un aspecto material, nosotros tenemos muchas más cosas pero ellos nos ganan en riqueza humana, sólo hay que pasar unas horas en el campamento para darse cuenta de ello.

Desde la ventana del autobús ves a la familia abajo que se despide de ti, ves las casitas de barro, las cabras, los camellos... y ves como hay una generación entera que se ha acostumbrado a vivir una realidad que no es la suya. Son exiliados y eso nunca hay que olvidarlo. No hay derecho de que vivan esa precariedad sólo por el hecho de que no les den lo que les pertenece, no hay derecho de que lleven 35 años esperando volver al un lugar que es suyo, no hay derecho de que Neita nunca conociera el lugar de donde proceden sus padres o que Leila, su hija, no lo llegue a conocer jamás. Nadie tiene derecho a condenar así a un pueblo entero.

Es entonces cuando te das cuenta de que del Sáhara te llevas mucho mas que a sus habitantes, también te llevas sus esperanzas y sus ganas de luchar por la libertad, desde cualquier parte del mundo. Porque no están solos y su injusticia es también la nuestra, por Neita y su familia, por los chicos del quisco, por Rais y por Mahfud, por los chicos del Protocolo, por Smara, por todos los campamentos de refugiados, por el territorio liberado y el territorio ocupado, vale la pena seguir luchando. 


Viva el Sáhara libre.

lunes, 22 de marzo de 2010

Rutinas

Suena la alarma. La paras. Suena la alarma. La paras. Suena la alarma. La paras. Miras la hora. Ya te tienes que levantar. Lo intentas pero... intento fallido. Te vuelves a acurrucar. La alarma no suena más. Te despiertas sobresaltado. ¿Te has dormido? Sólo han pasado cinco minutos. Te levantas, por fin. Abres las cortinas. Luz (o no, depende del día). Enciendes el ordenador y pones música. Leche más café más azúcar mientras los ojos se van abriendo. Ducha. Ya están abiertos casi del todo. Te vistes, te peinas, te pintas (mucho o poco, depende de la ocasión). Dejas el vaso sin lavar en la pica. Apagas el ordenador y coges la libreta. Chaqueta y bolso. Una vuelta a la llave y a la universidad.

Francés. Apuntes. Concentración. Visión global de la clase. Asentimiento con la cabeza como prueba de atención. Dibujos. Asentimiento fingido. Francés que te suena a chino. Miras la hora. Dibujo. Asentimiento. Hora. Dibujo. Hora (un minuto después). Intento de atención por sentimiento de culpabilidad. Pero llevas demasiado tiempo sin escuchar. Intento fallido. Hora. Dibujo. Hora. Ventana. Hora. Recuerdo de experiencias pasadas, Hora. Dibujo. Hora, hora, hora... ¡Hora de salir! Sales, con suerte encuentras a algún erasmus que te de conversación. Si no tienes suerte, directa al metro.

Llegas a tu pequeña morada. Abres la ventana. Preparas la comida y te la comes (¡claro!). Bajas a la máquina del café. Te tomas el café y acto seguido pierdes el tiempo. Facebook. Música. Recoges un poco la habitación (depende del día y del estado de ésta).Lees. Ves alguna serie. Hablas por teléfono, skipe o mesenger. ¡Pom, pom! Visita. En este punto hay varias opciones: perder el tiempo en compañía, ir a comprar, a dar un paseo, a tomas unas cervezas...

Hora de cenar. Por arte de magia se van reagrupando personas en la cocina para cenar. Hablas, comentas, preguntas, ríes, cocinas. Cenas con todos o sola si no has encontrado a nadie. La gente se empieza a desperdigar. Mañana hay uni y: tengo que estudiar, tengo que hacer deberes, tengo que madrugar. Vuelves a tu habitación. Una película y a dormir.

Suena la alarma...

Es curioso como el hecho de romper una rutina implica que, con el paso del tiempo, crees otra rutina diferente a la que tenías. Pero rutina al fin y al cabo. Supongo que lo bonito es el hecho de ir creando rutinas nuevas hasta que consigas un abanico rutinario diversificado. De manera que visto por separados sólo sean simples rutinas pero en global, una vida llena de actividades diferentes. Cuanto más a menudo rompas con la rutina actual para crear otra, más grande será el abanico.

Lo malo es cuando rompes con tu rutina actual para volver a tu rutina anterior. O no... Depende de como se mire. Puede que el hecho de volver sólo sea el proceso de transición necesario para seguir creando nuevas rutinas. Pero eso no lo podemos saber hasta que no volvemos. Y es mejor así, porque si lo supiéramos estaríamos hablando de una vida predecible y rutinaria, y no es eso lo que queremos, ¿verdad?

lunes, 30 de noviembre de 2009

Conversaciónes incompatibles

Esta es una conversación banal y cotidiana que frecuentemente se da en un trayecto en transporte público. En este caso, es entre un chico japonés con el mismo nivel de francés que yo, es decir, elemental-básico-raspadillo (para preservar su intimidad, le llamaremos “japo”) y yo (que soy la que escribe y no tengo intimidad).

  • NATALIA: ¡Hola!

  • JAPO: ¡Ei hola Natalia! ¿A dónde vas?

  • NATALIA: A casa ya, vengo de clase. ¿Y tú?

  • JAPO: Yo vengo de hacerme un pasaporte.

  • NATALIA: ¡Ah! ¿Necesitas uno para viajar? Yo creía que con el dni era bastante.

  • JAPO: Sí, yo viajo con el dni, pero en Japón cuando acabas las cotizaciones (es probable que no me haya dicha esa palabra, pero yo escribo lo he entendido) te tienes que hacer uno.

  • NATALIA: Ah... (con cara de: pues eso debe de ser típico de Japón...) ¿Y a dónde vas ahora? (retomando la pregunta que antes no me ha contestado)

  • JAPO: A la residencia, ¿y tú?

  • NATALIA: (¿otra vez?) Sí, yo también.

  • JAPO: Oye, ¿tu sabes dónde puedo (...) una foto?

  • NATALIA: En los fotomatones del metro te puedes hacer... pero no salen muy bien. (Pensando que me está preguntando que cómo se puede hacer una foto... por el rollo del pasaporte, no sé, lo he asociado así...)

  • JAPO: Sí, sí... (Me responde siempre eso cuando no me entiende)

  • NATALIA: Pero tu pasaporte ya lleva la foto.

  • JAPO: Sí. Es que necesito (...) una foto.

  • NATALIA: ¿El qué?

  • JAPO: A ver... tú con la máquina sacas una foto, pero se queda dentro de la máquina. Yo la quiero en el papel.

  • NATALIA: ¿Imprimir?

  • JAPO: ¡Eso! No sabía como se decía.

  • NATALIA: Jajaja La puedes imprimir en frente de la facultad, dónde hacen fotocopias, lo que no se si te lo harán en papel fotográfico.

  • JAPO: Ah... gracias

  • NATALIA: Oye, el miércoles no voy a la clase de francés, porque vienen unas amigas de Barcelona y sólo se quedan ese día.

  • JAPO: ¡Ah! ¿Te vienen a ver desde Italia?

  • NATALIA: No, no, yo no soy italiana, soy de Barcelona.

  • JAPO: Ah... pues hay mucha gente de Barcelona en la residencia, les puedes pedir consejo sobre la ciudad. (Pensando que me voy de vacaciones a Barcelona con unas amigas)

  • NATALIA: ¿Consejo para qué? ( yo no entiendo nada)

  • JAPO: Para conocerla...

  • NATALIA: Sí, sí... (Yo también utilizo el método oui, oui... cuando no entiendo algo) ¿Y tú de qué parte de Japón eres? (por favor... cambiemos de tema)

  • JAPO: De (nombre japonés muy raro que no he entendido)

  • NATALIA: ¿Y está cerca de Osaka?

  • JAPO: No, es que en Japón todo está lejos porque tiene forma alargada. Pasa como en Italia. ¿Tú de que ciudad italiana eres?

  • NATALIA: (y dale...) Yo no soy de Italia, soy de Barcelona...

  • JAPO: ¡Ah! Ahora lo entiendo... ¡entonces no te hace falta pedir consejo para conocer la ciudad!

  • NATALIA: (bien)

  • JAPO: Es que los españoles y los italianos hacéis la gggg igual.

  • NATALIA: ¿La erre? (Haciendo énfasis en la rr)

  • JAPO: Sí, la gggg. Hablais parecido.

  • NATALIA: Bueno la fonética igual se parece (no tengo ni idea de italiano) pero el acento es distinto.

  • JAPO: ¿Ah si?

  • NATALIA: Sí, ellos cantan. (queriendo decir que ponen una entonación distinta)

  • JAPO: (Flipando cuándo ha escuchado algo de cantar) Sí, sí...


Llega la parada de la residencia...


    NATALIA: ¿Bajas? (Pregunta tonta si se supone que me ha dicho antes que iba a la residencia)

  • JAPO: No, me bajo en (entre el ruido del pitido y demás, no se qué parada me ha dicho)

  • NATALIA: ¡Ah! (está claro que pasa de seguir con la conversación de besugos) ¡Pues ya nos veremos!

  • JAPO: ¡Qué pases buena tarde! (Seguido de su habitual reverencia cuando se despide de la gente)


¡Viva la comunicación!

martes, 24 de noviembre de 2009

Volver...

Todo empezó con una mosca. Mientras esperaba a que el avión se empezara a mover la vi revoloteando al rededor mío. Al principio no le di importancia, se habrá colado con algún pasajero... pero luego me puse a pensar. La mosca estaba en Barcelona y sin darse cuenta, al cabo de dos horas, estaría en París. Sin saber como lo ha hecho viajaría de un país a otro. Ella sólo se metió en una puerta y eso le costaría encontrarse en otro lugar. Pero, ¿quién me dice a mí que esta mosca no venía de otro avión, de otra ciudad o de otro país? Lo mismo lo único que estaba haciendo era volver a su casa y lo de Barcelona sólo había sido un accidente.


El avión arrancó. Fue todo bastante rápido. En pocos minutos ya estábamos haciendo la carrera para emprender el vuelo. Me olvidé de la mosca por unos instantes y me dispuse a disfrutar de las cosquillas de la subida y de las vistas de la ventana. Cuando se apagó la luz del cinturón, la volví a ver.


Pequeña... ¿vuelves a casa? Y la misma pregunta me hice yo. La mosca no me contestó pero la entiendo, yo tampoco tenía ni idea. Ahora parece que vivo en el mundo al revés. Voy a casa de visita y “vuelvo” a la que hace dos meses, era una simple ciudad vacacional. Llamo “mi casa” a una habitación con la nevera a los pies de la cama. Tengo una rutina con banda sonora en francés. Cuando voy de visita a mi casa me preguntan como me va por París. Cuando vuelvo a mi otra casa, me preguntan como me ha ido por Barcelona. Y yo, en este punto, ya me he perdido.


Me recuerdo a las niñas pequeñas que se pierden por la calle y viene un señor policía y le pregunta: bonita, ¿dónde vives? Y la niña aún no se ha aprendido el nombre de la calle y no sabe qué contestar al policía. Pues yo tampoco.


El avión aterriza. Tren más tren y vuelvo a ver mi calle. O la calle de la residencia, yo ya no sé... Entonces miro a mi alrededor. La calle de siempre, las casas de siempre, la lluvia de siempre. Y respiro porque he vuelto. Hace tres días volvía a mi casa y ahora vuelvo de mi casa...


Todo depende a lo que llamemos casa... Y ya en mi habitación, con la calefacción puesta y cenando, me doy cuenta de que da igual. Aquí estoy bien, es mi casa. Allí también estoy bien, también es mi casa. Nos empeñamos en delimitar los territorios con fronteras absurdas y esto es lo que hace que yo me coma la cabeza en el avión. Cuando el señor policía me pregunte dónde vivo, no tendré ninguna duda: ¡en el mundo!

domingo, 8 de noviembre de 2009

Un paseo

Sales del metro. Una marea de gente a la vez que tú, casi todos con gafas de sol hipermodernas, cámaras fotográficas al cuello e incluso algún personaje con la camiseta “I Love París”. Levantas la vista y te ciegas por las luces de neón. De todos los colores: azul, verde, fucsia y rojo, mucho rojo. La calle es larguísima y muy ancha. A un lado y al otro gente, mucha gente. Vendedores ofreciéndote “paninis”, bocadillos, crêpes... en inglés, en castellano, algunos incluso en francés. La letra que predomina en los carteles de los comercios, bares, restaurantes y cines de la zona es la X. Sigues hacia adelante. Tienes la opción de recorrerte la calle de un lado a otro o seguir subiendo cuesta arriba. Sigues hasta lo más alto.


Poco a poco la gente se va dispersando. El paisaje va cambiando a medida que subes. El asfalto se transforma en adoquines. Las luces de neón en carteles de toda la vida. Los bares, restaurantes y cines X en pequeños comercios, tiendas de ropa, bares y restaurantes familiares. Entras en la verdadera esencia del barrio. Sigues para arriba. ¡Vaya cuestas! Pero las subes casi sin darte cuenta porque estas tan eclipsado mirando a tu alrededor que olvidas el esfuerzo de tus piernas. Parece que has vuelto a un pueblo, pero no, sigues en París. Te vas metiendo en pequeños callejones, de adoquines, claro. Casa antiguas, pero con un encanto especial. Parques medio vacíos. Y llegaron las escaleras.


Hay quienes las cuentan, pero tu prefieres no hacerlo. Si te concentras demasiado en contar no verás lo que hay a tu alrededor. Y, créeme, vale la pena. A tu paso van apareciendo más casas antiguas. Hasta a la más vieja y polvorienta le encuentras algo especial. El ultimo escalón. Te giras, para ver cuánto has subido. Desde abajo parecía mucho, pero no ha sido para tanto. Te giras y descubres, entre algunos árboles, París. De momento, sólo ves un trocito. Paciencia.


Sigues andando y entras, definitivamente en un auténtico pueblo. Más que todo lo que has dejado atrás. Aunque a medida que avanzas el turismo vuelve a aparecer. Dos calles y descubres el porqué. Se asoma entre tejado y tejado una cúpula blanca. Sigues esa dirección. De repente el aroma de la calle se vuelve a transformar. El olor a pintura y aguarrás reina en el ambiente. Y los ves. Una plaza pequeña llena de gente pintando. Por un instante, te olvidas de la cúpula a la que perseguías y te quedas allí. Pasearías por esa plaza todos los días. ¡Que cuadros! Las sonrisas de los pintores a tu paso te obliga a sonreír también. Por muy triste o enfadado que estés. Da igual. Algunos te quieren retratar, otros te enseñan sus cuadros y algunos tan sólo entablan conversación contigo. La amabilidad se respira por toda la plaza. Un fin de semana, esta plaza está plagada de restaurantes móviles y de turistas. La única oportunidad que tienes de ver los cuadros es metiéndote en una fila e ir andando. Pero por suerte, hoy es martes y un día cualquiera de noviembre. Además llueve y hace frío. En la plaza están los pintores y “cuatro gatos” más. Te acuerdas de la cúpula. Das una vuelta sobre ti mismo y la vuelves a descubrir. ¡Vamos allá!


Se escucha el sonido de una guitarra. Miras hacia un lado y ves a un chico cantando y tocando. Te paras a escuchar un rato. Esa guitarra se transforma en la banda sonora de tu paseo. Sigues andando al ritmo de la música. Una esquina más... y ahí está. Nunca has sido partidario de religiones, dogmas ni templos de culto, pero esto es diferente. No es una iglesia... es una obra de arte. La boca se te abre levemente a medida que levantas la cabeza para verla en su totalidad. Es grandiosa y preciosa. A tus espaldas todo París. Puedes reconocer muchos de los monumentos que has estado viendo repetidas veces estas semanas. Vuelves la vista hacía la iglesia. Guiñas un ojo a una de las gárgolas y te despides de ella. Hasta pronto, hasta muy pronto.

martes, 6 de octubre de 2009

La batalla campal

Erasmus... esos personajes llamados erasmus... Nos reconoces fácilmente por nuestra cara de poker cuando nos hablan en otro idioma diferente al nuestro como si hablaran con un nativo. También los puedes encontrar en las fabulosas fiestas erasmus (no a todos... yo ahí no me incluyo) o en pequeños guetos de la nacionalidad a la que pertenezcan, por la pura necesidad de poder comunicarse de una manera fluida sin tener que pensar cada palabra de cada frase. Pero hay una cualidad que nos une a todos, o a casi todos (nunca me ha gustado esto de las generalizaciones, siempre hay excepciones): la afición que tenemos a las mesas de “apuntarse a cosas”. Sí, sí.. una afición un tanto extraña, pero real.


Empiezas el primer día, en la reunión de la presentación del curso dónde te explican lo maravilloso que va a ser este año porque estás en la universidad más maravillosa del mundo. Ahí nos enganchamos... porque esto es como una droga. Aquí los papeles para apuntarse a la visita a la biblioteca... ¿Una excursión a la biblioteca? Y te apuntas, porque igual es útil. Entonces te enteras de que hacen una excursión más barata para los erasmus. Y te apuntas, porque hay que aprovechar las ofertas. ¡Ay, mira! Unos cursillos intensivos de lengua francesa. Y te apuntas, esto ya por pura necesidad, al menos en mi caso. Y llega el día en que se abre el plazo para apuntarse a unos cursos semestrales de lengua, cultura, metodología y fonética francesa, y ahí es cuando la dependencia por apuntarse a algo y no quedarse sin plaza entra el acción.


Primero, nos meten a todos en un salón de actos gigante y nos explican lo maravillosos que son estos cursos. Hasta aquí, la paz reina en el ambiente. Pero de repente, las mesas de “apuntarse a cosas” se abren y los erasmus, como hipnotizados por las palabras “ya os podéis apuntar”, se lanzan hacia abajo como lobos hambrientos. Empieza la batalla campal.


Una marea humana multicultural se avalancha hacía las pobres señoras que presiden las mesas. Empujones y más empujones, esquinas de carpetas en la espalda, golpes, montones de brazos con un carnet en la mano, gritos, muticulturales también.... Y en medio de todo esto, tú, luchando por sobrevivir. Aguantando la presión de tu espalda (que es mucha, os lo puedo asegurar), respirando el poco oxígeno que tus compañeros te dejan y ¡hasta consigues sacar el carnet del monedero!. Pero tanto esfuerzo, merece la pena... llegas a la mesa y aun hay plazas... y por fin, la señora coge tu carnet y te apunta en la lista.


La dependencia poco a poco va desapareciendo y la tranquilidad te envuelve. Ya tienes tu dosis de cursillo erasmus, ya puedes volver a casa.


Y el lunes que viene, ¡empiezan las clases!. Comienza la fase de integración.

martes, 29 de septiembre de 2009

La música de París

Ni la ciudad de la luz, ni la ciudad del amor... para mi, París es música, no tengo ninguna duda.


Hacía ya días que quería salir a vagar sin rumbo fijo por las calles de esta ciudad, para investigar el sitio donde vivo y, tengo que reconocerlo, para evadirme un poco de todo y de todos. Así que después del cursillo de francés y de comer en el comedor estudiantil (2.90 el menú, ¡todo un lujo!) cogí mi mapa y me fui al metro. Llegué a la rue Rivoli, una especie de “portal de l'àngel”, llena de tiendas. Allí di unas cuantas vueltas buscando un fnac donde poder comprar un póster barato para tapar la falta de pintura de mi habitación, pero mi búsqueda no dio resultado. Así que me fui dirección Notre Dame... una semana en París y sin ir a visitarla, que vergüenza... Allí me senté un rato a verla y a observar a toda la gente que hay buscando nuevas perspectivas a una foto típica parisina: aquí esto yo y Notre Dame de fondo. Hace gracia como todos hacen lo mismo, bueno, hacemos, que hace cosa de dos años éramos mi hermana y yo las que buscábamos las nuevas perspectivas. Seguí callejeando por esa zona hasta que acabé donde siempre acabo... en la plaza del Centro Pompidou. Mira que habran rincones en París, que espero seguir encontrando, pero aun no he dado con ninguno que sea como esa plaza. No tiene nada en especial, solo gente sentada pasando el rato, leyendo o tocando música. Creo que es por eso que siempre acabo allí, por la música.


A lo que íbamos, allí estaba yo, como una indigente, sentada en el suelo comiéndome una caja de galletas que había comprado unos minutos antes en un super de por ahí. Al lado mío, una chica de mi edad más o menos con una funda de violín, esperaba a alguien. Cuando ese alguien llegó, la chica sacó el violín y empezó a tocar. Pero no para pedir dinero, ni para animar el ambiente, ella estaba totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor, ni siquiera abría los ojos. Sólo tocaba. Precioso, parecía una película. Al cabo de un rato tocando, un hombre que estaba sentado también cerca de nosotras le empezó a hablar. El hombre estaba ahí sentado con su guitarra desde antes de llegar yo, pero nadie se había dado cuenta. No se muy bien lo que le dijo, porque mi dominio del francés aun deja mucho que desear, pero al cabo de tres minutos empezaron a tocar juntos. Tampoco pedían dinero, ni animaban el ambiente (aunque sin darse cuenta, si lo estaban haciendo), sólo tocaban y se divertían. Espontáneo y natural, sin tener que preparar nada, por eso creo que me gusta tanto.


Después de deleitarnos con un concierto gratuito, la chica se fue y el hombre se quedó allí sentado como antes, fumando y con la guitarra metida en su funda. Cuando ya pensaba que se me había acabado la diversión y que debía volver a casa llegó la parte más graciosa. En la película Across the Universe hay una escena, algo surrealista, con la canción de fondo que da título al film. El protagonista está en el metro y en la parte de la canción en que cantan los monjes budistas, aparecen unos cuantos vestidos con sus túnicas naranjas bailando, cantando y tocando la pandereta. Allí, en mitad del metro y de toda la gente. Pues una cosa así me ha pasado a mi... Estaba aun sentada en la plaza cuando escucho por detrás unas campanillas cada vez más fuertes. Luego unos cánticos traídos directamente del Nepal. Me giro y allí me los encuentro... unos monjes budistas cantando y bailando en mitad de la calle, felices y contentos con unos micros a lo Madonna.


Una tarde que ha ido de lo bohemio a lo surrealista, pero todo con música, porque sino no sería París.






Aquí dejo la escena de la película.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Que empiece la aventura...

Y ahí estábamos... una maleta de unos mil quilos, una mochila, una maleta más pequeña, una bolsa de papel, mi hermana y yo. Oliendo el aire de París recién salidas del avión. Estábamos en Orly y nuestro objetivo era llegar a la Cité Universitaire, al College Neerlandais, que era mi residencia y mi vivienda durante los próximos 9 meses. Cogimos un carro para llevar todos los bultos, porque ni el cuerpo de mi hermana ni mi fuerza daban para cargar todo eso. Fuimos a la oficina de turismo a preguntar (de la manera más clara posible dado nuestro nivelazo de francés) como podíamos llegar a la Cité y si un taxi nos iba a costar una millonada, por eso de que París tiene fama de ser un pelín caro... La buena mujer, contestándonos en inglés (debió percibir que no eramos francesas) nos dijo que por 30 euros como mucho nos llevaban. Así que nos fuimos en busca de un taxi, el objetivo había cambiado. Aquí empezó uno de los desastres de mi aventura. Mi hermana caminaba entre la gente buscando la parada de taxi, yo la seguía con el carro de los mil quilos arrasando a quien se pusiera delante. Mi hermana bajó de la acera, delante de una parada de autobús. Yo y el carro la seguimos. Mi hermana subió a la acera al ver que un autobús se acercaba. Yo... sólo lo intenté. Vi que el autobús se me echaba encima y con gran decisión y algo de ingenuidad me dispuse a subir el bordillo de la acera con el carro, pero la rueda no subió. El carro y yo nos quedamos clavados y todas las maletas (también la de mil quilos) volcaron. Por suerte, el autobús frenó y la gente de la parada me ayudó a volver a cargar todas las maletas en el carro. Para que luego digan que los franceses son estirados. Una hora en París, un posible accidente mortal.


En fin... pasado el susto cogimos un taxi y nos llevó a la Cité, una tremenda ciudad de residencias en frente de un bonito parque. Próximo objetivo: encontrar el College Neerlandais en medio de tantísimos edificios residenciales. Esto fue una gran hazaña... Preguntamos a unos cuantos que nos íbamos encontrando por el camino, sin mucho éxito porque estábamos todos igual de perdidos, hasta que encontramos a nuestro salvador. Un amigo belga que nos paseó por toda la Cité (el pobre tampoco sabía muy bien a donde iba porque había llegado el día anterior). Después de cerca de una hora dando vueltas y de que nuestro nuevo amigo, tan amablemente, nos ayudara con la maleta a subir y bajar las escaleras y nos acompañara durante todo el camino, llegamos a la residencia.


¡Objetivo conseguido! Felices y contentas entramos en mi nueva habitación/casa y...A ver, es grande y espaciosa, no es lo que me imaginaba pero... menos mal que tengo un pensamiento positivo característico. Los muebles son viejos, la ventana no cierra, mi “lavabo” está dentro de un armario, no hay platos, ni cubiertos, ni vasos, ni ollas para cocinar y lo peor de todo, el váter también se comparte. Pero bueno, tengo un techo bajo el que vivir, la habitación tiene un gran ventanal que da a la calle con una repisa en la que te puedes subir a observar la gente que pasa y hay una recepcionista mejicana que habla español y me entiende. No me puedo quejar.


Próximo objetivo: comprar utensilios de cocina, decoración para llenar todas las estanterías, comida para la nevera... en definitiva, convertir esta habitación de muebles viejos en mi nueva mini casa.