martes, 29 de septiembre de 2009

La música de París

Ni la ciudad de la luz, ni la ciudad del amor... para mi, París es música, no tengo ninguna duda.


Hacía ya días que quería salir a vagar sin rumbo fijo por las calles de esta ciudad, para investigar el sitio donde vivo y, tengo que reconocerlo, para evadirme un poco de todo y de todos. Así que después del cursillo de francés y de comer en el comedor estudiantil (2.90 el menú, ¡todo un lujo!) cogí mi mapa y me fui al metro. Llegué a la rue Rivoli, una especie de “portal de l'àngel”, llena de tiendas. Allí di unas cuantas vueltas buscando un fnac donde poder comprar un póster barato para tapar la falta de pintura de mi habitación, pero mi búsqueda no dio resultado. Así que me fui dirección Notre Dame... una semana en París y sin ir a visitarla, que vergüenza... Allí me senté un rato a verla y a observar a toda la gente que hay buscando nuevas perspectivas a una foto típica parisina: aquí esto yo y Notre Dame de fondo. Hace gracia como todos hacen lo mismo, bueno, hacemos, que hace cosa de dos años éramos mi hermana y yo las que buscábamos las nuevas perspectivas. Seguí callejeando por esa zona hasta que acabé donde siempre acabo... en la plaza del Centro Pompidou. Mira que habran rincones en París, que espero seguir encontrando, pero aun no he dado con ninguno que sea como esa plaza. No tiene nada en especial, solo gente sentada pasando el rato, leyendo o tocando música. Creo que es por eso que siempre acabo allí, por la música.


A lo que íbamos, allí estaba yo, como una indigente, sentada en el suelo comiéndome una caja de galletas que había comprado unos minutos antes en un super de por ahí. Al lado mío, una chica de mi edad más o menos con una funda de violín, esperaba a alguien. Cuando ese alguien llegó, la chica sacó el violín y empezó a tocar. Pero no para pedir dinero, ni para animar el ambiente, ella estaba totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor, ni siquiera abría los ojos. Sólo tocaba. Precioso, parecía una película. Al cabo de un rato tocando, un hombre que estaba sentado también cerca de nosotras le empezó a hablar. El hombre estaba ahí sentado con su guitarra desde antes de llegar yo, pero nadie se había dado cuenta. No se muy bien lo que le dijo, porque mi dominio del francés aun deja mucho que desear, pero al cabo de tres minutos empezaron a tocar juntos. Tampoco pedían dinero, ni animaban el ambiente (aunque sin darse cuenta, si lo estaban haciendo), sólo tocaban y se divertían. Espontáneo y natural, sin tener que preparar nada, por eso creo que me gusta tanto.


Después de deleitarnos con un concierto gratuito, la chica se fue y el hombre se quedó allí sentado como antes, fumando y con la guitarra metida en su funda. Cuando ya pensaba que se me había acabado la diversión y que debía volver a casa llegó la parte más graciosa. En la película Across the Universe hay una escena, algo surrealista, con la canción de fondo que da título al film. El protagonista está en el metro y en la parte de la canción en que cantan los monjes budistas, aparecen unos cuantos vestidos con sus túnicas naranjas bailando, cantando y tocando la pandereta. Allí, en mitad del metro y de toda la gente. Pues una cosa así me ha pasado a mi... Estaba aun sentada en la plaza cuando escucho por detrás unas campanillas cada vez más fuertes. Luego unos cánticos traídos directamente del Nepal. Me giro y allí me los encuentro... unos monjes budistas cantando y bailando en mitad de la calle, felices y contentos con unos micros a lo Madonna.


Una tarde que ha ido de lo bohemio a lo surrealista, pero todo con música, porque sino no sería París.






Aquí dejo la escena de la película.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Que empiece la aventura...

Y ahí estábamos... una maleta de unos mil quilos, una mochila, una maleta más pequeña, una bolsa de papel, mi hermana y yo. Oliendo el aire de París recién salidas del avión. Estábamos en Orly y nuestro objetivo era llegar a la Cité Universitaire, al College Neerlandais, que era mi residencia y mi vivienda durante los próximos 9 meses. Cogimos un carro para llevar todos los bultos, porque ni el cuerpo de mi hermana ni mi fuerza daban para cargar todo eso. Fuimos a la oficina de turismo a preguntar (de la manera más clara posible dado nuestro nivelazo de francés) como podíamos llegar a la Cité y si un taxi nos iba a costar una millonada, por eso de que París tiene fama de ser un pelín caro... La buena mujer, contestándonos en inglés (debió percibir que no eramos francesas) nos dijo que por 30 euros como mucho nos llevaban. Así que nos fuimos en busca de un taxi, el objetivo había cambiado. Aquí empezó uno de los desastres de mi aventura. Mi hermana caminaba entre la gente buscando la parada de taxi, yo la seguía con el carro de los mil quilos arrasando a quien se pusiera delante. Mi hermana bajó de la acera, delante de una parada de autobús. Yo y el carro la seguimos. Mi hermana subió a la acera al ver que un autobús se acercaba. Yo... sólo lo intenté. Vi que el autobús se me echaba encima y con gran decisión y algo de ingenuidad me dispuse a subir el bordillo de la acera con el carro, pero la rueda no subió. El carro y yo nos quedamos clavados y todas las maletas (también la de mil quilos) volcaron. Por suerte, el autobús frenó y la gente de la parada me ayudó a volver a cargar todas las maletas en el carro. Para que luego digan que los franceses son estirados. Una hora en París, un posible accidente mortal.


En fin... pasado el susto cogimos un taxi y nos llevó a la Cité, una tremenda ciudad de residencias en frente de un bonito parque. Próximo objetivo: encontrar el College Neerlandais en medio de tantísimos edificios residenciales. Esto fue una gran hazaña... Preguntamos a unos cuantos que nos íbamos encontrando por el camino, sin mucho éxito porque estábamos todos igual de perdidos, hasta que encontramos a nuestro salvador. Un amigo belga que nos paseó por toda la Cité (el pobre tampoco sabía muy bien a donde iba porque había llegado el día anterior). Después de cerca de una hora dando vueltas y de que nuestro nuevo amigo, tan amablemente, nos ayudara con la maleta a subir y bajar las escaleras y nos acompañara durante todo el camino, llegamos a la residencia.


¡Objetivo conseguido! Felices y contentas entramos en mi nueva habitación/casa y...A ver, es grande y espaciosa, no es lo que me imaginaba pero... menos mal que tengo un pensamiento positivo característico. Los muebles son viejos, la ventana no cierra, mi “lavabo” está dentro de un armario, no hay platos, ni cubiertos, ni vasos, ni ollas para cocinar y lo peor de todo, el váter también se comparte. Pero bueno, tengo un techo bajo el que vivir, la habitación tiene un gran ventanal que da a la calle con una repisa en la que te puedes subir a observar la gente que pasa y hay una recepcionista mejicana que habla español y me entiende. No me puedo quejar.


Próximo objetivo: comprar utensilios de cocina, decoración para llenar todas las estanterías, comida para la nevera... en definitiva, convertir esta habitación de muebles viejos en mi nueva mini casa.