jueves, 24 de septiembre de 2009

Que empiece la aventura...

Y ahí estábamos... una maleta de unos mil quilos, una mochila, una maleta más pequeña, una bolsa de papel, mi hermana y yo. Oliendo el aire de París recién salidas del avión. Estábamos en Orly y nuestro objetivo era llegar a la Cité Universitaire, al College Neerlandais, que era mi residencia y mi vivienda durante los próximos 9 meses. Cogimos un carro para llevar todos los bultos, porque ni el cuerpo de mi hermana ni mi fuerza daban para cargar todo eso. Fuimos a la oficina de turismo a preguntar (de la manera más clara posible dado nuestro nivelazo de francés) como podíamos llegar a la Cité y si un taxi nos iba a costar una millonada, por eso de que París tiene fama de ser un pelín caro... La buena mujer, contestándonos en inglés (debió percibir que no eramos francesas) nos dijo que por 30 euros como mucho nos llevaban. Así que nos fuimos en busca de un taxi, el objetivo había cambiado. Aquí empezó uno de los desastres de mi aventura. Mi hermana caminaba entre la gente buscando la parada de taxi, yo la seguía con el carro de los mil quilos arrasando a quien se pusiera delante. Mi hermana bajó de la acera, delante de una parada de autobús. Yo y el carro la seguimos. Mi hermana subió a la acera al ver que un autobús se acercaba. Yo... sólo lo intenté. Vi que el autobús se me echaba encima y con gran decisión y algo de ingenuidad me dispuse a subir el bordillo de la acera con el carro, pero la rueda no subió. El carro y yo nos quedamos clavados y todas las maletas (también la de mil quilos) volcaron. Por suerte, el autobús frenó y la gente de la parada me ayudó a volver a cargar todas las maletas en el carro. Para que luego digan que los franceses son estirados. Una hora en París, un posible accidente mortal.


En fin... pasado el susto cogimos un taxi y nos llevó a la Cité, una tremenda ciudad de residencias en frente de un bonito parque. Próximo objetivo: encontrar el College Neerlandais en medio de tantísimos edificios residenciales. Esto fue una gran hazaña... Preguntamos a unos cuantos que nos íbamos encontrando por el camino, sin mucho éxito porque estábamos todos igual de perdidos, hasta que encontramos a nuestro salvador. Un amigo belga que nos paseó por toda la Cité (el pobre tampoco sabía muy bien a donde iba porque había llegado el día anterior). Después de cerca de una hora dando vueltas y de que nuestro nuevo amigo, tan amablemente, nos ayudara con la maleta a subir y bajar las escaleras y nos acompañara durante todo el camino, llegamos a la residencia.


¡Objetivo conseguido! Felices y contentas entramos en mi nueva habitación/casa y...A ver, es grande y espaciosa, no es lo que me imaginaba pero... menos mal que tengo un pensamiento positivo característico. Los muebles son viejos, la ventana no cierra, mi “lavabo” está dentro de un armario, no hay platos, ni cubiertos, ni vasos, ni ollas para cocinar y lo peor de todo, el váter también se comparte. Pero bueno, tengo un techo bajo el que vivir, la habitación tiene un gran ventanal que da a la calle con una repisa en la que te puedes subir a observar la gente que pasa y hay una recepcionista mejicana que habla español y me entiende. No me puedo quejar.


Próximo objetivo: comprar utensilios de cocina, decoración para llenar todas las estanterías, comida para la nevera... en definitiva, convertir esta habitación de muebles viejos en mi nueva mini casa.

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