miércoles, 23 de mayo de 2012

Arena en la mochila



Sin darnos cuenta llegó el día que temíamos todos. El viaje tenía unos objetivos que cumplir, un principio y un final. Y el final había llegado. El último día fueron lágrimas y estrés de no poder despedirnos de todas las personas a las que habíamos conocido y con las que habíamos compartido tantos momentos. Desde el hombre que nos cruzamos un día y que nos llevó en coche a algún lugar sin pedir nada a cambio, pasando por el dependiente de la tienda de la esquina, los trabajadores del hospital, de Protocolo, los chicos del quiosco, Rais y los chicos de Salamanca, Castro, Mahfud, hasta Neita y toda su familia que nos acogieron desde el primer día como si fuéramos sus hijos. Todas las personas que se cruzaron con nosotros y que nos regalaron su sonrisa merecen ser mencionados, pero es imposible poder nombrar a prácticamente toda la población de Smara.

Dicen que minutos antes de morir ves pasar tu vida como si de una película se tratase. No se como será ese momento, pero seguramente se parezca al instante en que, montados ya en el autobús camino al aeropuerto, vas viendo pasar todos los buenos momentos que has vivido en Smara. Y es entonces cuando rompes a llorar, pero no es pena. Tienes la extraña sensación de que los estás abandonando. De que lo han dado todo para que pasaras los mejores días en su casa, en su país y tu, llegado el día final, los abandonaras. Te vuelves a tu casa con tus comodidades de siempre, con tu rutina de siempre y a ellos los dejas allí, en un campo de refugiados que llevan arrastrando desde hace 35 años, sin agua, sin comida, sin nada, en mitad de un desierto. Ni siquiera te llevas el consuelo de haber hecho algo por ellos, porque sabes perfectamente que ellos han hecho mucho mas por ti. Lo mires por donde lo mires, sales ganando. No es un aspecto material, nosotros tenemos muchas más cosas pero ellos nos ganan en riqueza humana, sólo hay que pasar unas horas en el campamento para darse cuenta de ello.

Desde la ventana del autobús ves a la familia abajo que se despide de ti, ves las casitas de barro, las cabras, los camellos... y ves como hay una generación entera que se ha acostumbrado a vivir una realidad que no es la suya. Son exiliados y eso nunca hay que olvidarlo. No hay derecho de que vivan esa precariedad sólo por el hecho de que no les den lo que les pertenece, no hay derecho de que lleven 35 años esperando volver al un lugar que es suyo, no hay derecho de que Neita nunca conociera el lugar de donde proceden sus padres o que Leila, su hija, no lo llegue a conocer jamás. Nadie tiene derecho a condenar así a un pueblo entero.

Es entonces cuando te das cuenta de que del Sáhara te llevas mucho mas que a sus habitantes, también te llevas sus esperanzas y sus ganas de luchar por la libertad, desde cualquier parte del mundo. Porque no están solos y su injusticia es también la nuestra, por Neita y su familia, por los chicos del quisco, por Rais y por Mahfud, por los chicos del Protocolo, por Smara, por todos los campamentos de refugiados, por el territorio liberado y el territorio ocupado, vale la pena seguir luchando. 


Viva el Sáhara libre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario