Sin
darnos cuenta llegó el día que temíamos todos.
El viaje tenía unos objetivos que cumplir, un principio y un
final. Y el final había llegado. El último día
fueron lágrimas y estrés de no poder despedirnos de
todas las personas a las que habíamos conocido y con las que
habíamos compartido tantos momentos. Desde el hombre que nos
cruzamos un día y que nos llevó en coche a algún
lugar sin pedir nada a cambio, pasando por el dependiente de la
tienda de la esquina, los trabajadores del hospital, de Protocolo,
los chicos del quiosco, Rais y los chicos de Salamanca, Castro,
Mahfud, hasta Neita y toda su familia que nos acogieron desde el
primer día como si fuéramos sus hijos. Todas las
personas que se cruzaron con nosotros y que nos regalaron su sonrisa
merecen ser mencionados, pero es imposible poder nombrar a
prácticamente toda la población de Smara.
Dicen
que minutos antes de morir ves pasar tu vida como si de una película
se tratase. No se como será ese momento, pero seguramente se
parezca al instante en que, montados ya en el autobús camino
al aeropuerto, vas viendo pasar todos los buenos momentos que has
vivido en Smara. Y es entonces cuando rompes a llorar, pero no es
pena. Tienes la extraña sensación de que los estás
abandonando. De que lo han dado todo para que pasaras los mejores
días en su casa, en su país y tu, llegado el día
final, los abandonaras. Te vuelves a tu casa con tus comodidades de
siempre, con tu rutina de siempre y a ellos los dejas allí, en
un campo de refugiados que llevan arrastrando desde hace 35 años,
sin agua, sin comida, sin nada, en mitad de un desierto. Ni siquiera
te llevas el consuelo de haber hecho algo por ellos, porque sabes
perfectamente que ellos han hecho mucho mas por ti. Lo mires por
donde lo mires, sales ganando. No es un aspecto material, nosotros
tenemos muchas más cosas pero ellos nos ganan en riqueza
humana, sólo hay que pasar unas horas en el campamento para
darse cuenta de ello.
Desde
la ventana del autobús ves a la familia abajo que se despide
de ti, ves las casitas de barro, las cabras, los camellos... y ves
como hay una generación entera que se ha acostumbrado a vivir
una realidad que no es la suya. Son exiliados y eso nunca hay que
olvidarlo. No hay derecho de que vivan esa precariedad sólo
por el hecho de que no les den lo que les pertenece, no hay derecho
de que lleven 35 años esperando volver al un lugar que es
suyo, no hay derecho de que Neita nunca conociera el lugar de donde
proceden sus padres o que Leila, su hija, no lo llegue a conocer
jamás. Nadie tiene derecho a condenar así a un pueblo
entero.
Es
entonces cuando te das cuenta de que del Sáhara te llevas
mucho mas que a sus habitantes, también te llevas sus
esperanzas y sus ganas de luchar por la libertad, desde cualquier
parte del mundo. Porque no están solos y su injusticia es
también la nuestra, por Neita y su familia, por los chicos del
quisco, por Rais y por Mahfud, por los chicos del Protocolo, por
Smara, por todos los campamentos de refugiados, por el territorio
liberado y el territorio ocupado, vale la pena seguir luchando.
Viva el Sáhara libre.
Viva el Sáhara libre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario