domingo, 8 de noviembre de 2009

Un paseo

Sales del metro. Una marea de gente a la vez que tú, casi todos con gafas de sol hipermodernas, cámaras fotográficas al cuello e incluso algún personaje con la camiseta “I Love París”. Levantas la vista y te ciegas por las luces de neón. De todos los colores: azul, verde, fucsia y rojo, mucho rojo. La calle es larguísima y muy ancha. A un lado y al otro gente, mucha gente. Vendedores ofreciéndote “paninis”, bocadillos, crêpes... en inglés, en castellano, algunos incluso en francés. La letra que predomina en los carteles de los comercios, bares, restaurantes y cines de la zona es la X. Sigues hacia adelante. Tienes la opción de recorrerte la calle de un lado a otro o seguir subiendo cuesta arriba. Sigues hasta lo más alto.


Poco a poco la gente se va dispersando. El paisaje va cambiando a medida que subes. El asfalto se transforma en adoquines. Las luces de neón en carteles de toda la vida. Los bares, restaurantes y cines X en pequeños comercios, tiendas de ropa, bares y restaurantes familiares. Entras en la verdadera esencia del barrio. Sigues para arriba. ¡Vaya cuestas! Pero las subes casi sin darte cuenta porque estas tan eclipsado mirando a tu alrededor que olvidas el esfuerzo de tus piernas. Parece que has vuelto a un pueblo, pero no, sigues en París. Te vas metiendo en pequeños callejones, de adoquines, claro. Casa antiguas, pero con un encanto especial. Parques medio vacíos. Y llegaron las escaleras.


Hay quienes las cuentan, pero tu prefieres no hacerlo. Si te concentras demasiado en contar no verás lo que hay a tu alrededor. Y, créeme, vale la pena. A tu paso van apareciendo más casas antiguas. Hasta a la más vieja y polvorienta le encuentras algo especial. El ultimo escalón. Te giras, para ver cuánto has subido. Desde abajo parecía mucho, pero no ha sido para tanto. Te giras y descubres, entre algunos árboles, París. De momento, sólo ves un trocito. Paciencia.


Sigues andando y entras, definitivamente en un auténtico pueblo. Más que todo lo que has dejado atrás. Aunque a medida que avanzas el turismo vuelve a aparecer. Dos calles y descubres el porqué. Se asoma entre tejado y tejado una cúpula blanca. Sigues esa dirección. De repente el aroma de la calle se vuelve a transformar. El olor a pintura y aguarrás reina en el ambiente. Y los ves. Una plaza pequeña llena de gente pintando. Por un instante, te olvidas de la cúpula a la que perseguías y te quedas allí. Pasearías por esa plaza todos los días. ¡Que cuadros! Las sonrisas de los pintores a tu paso te obliga a sonreír también. Por muy triste o enfadado que estés. Da igual. Algunos te quieren retratar, otros te enseñan sus cuadros y algunos tan sólo entablan conversación contigo. La amabilidad se respira por toda la plaza. Un fin de semana, esta plaza está plagada de restaurantes móviles y de turistas. La única oportunidad que tienes de ver los cuadros es metiéndote en una fila e ir andando. Pero por suerte, hoy es martes y un día cualquiera de noviembre. Además llueve y hace frío. En la plaza están los pintores y “cuatro gatos” más. Te acuerdas de la cúpula. Das una vuelta sobre ti mismo y la vuelves a descubrir. ¡Vamos allá!


Se escucha el sonido de una guitarra. Miras hacia un lado y ves a un chico cantando y tocando. Te paras a escuchar un rato. Esa guitarra se transforma en la banda sonora de tu paseo. Sigues andando al ritmo de la música. Una esquina más... y ahí está. Nunca has sido partidario de religiones, dogmas ni templos de culto, pero esto es diferente. No es una iglesia... es una obra de arte. La boca se te abre levemente a medida que levantas la cabeza para verla en su totalidad. Es grandiosa y preciosa. A tus espaldas todo París. Puedes reconocer muchos de los monumentos que has estado viendo repetidas veces estas semanas. Vuelves la vista hacía la iglesia. Guiñas un ojo a una de las gárgolas y te despides de ella. Hasta pronto, hasta muy pronto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario