lunes, 30 de noviembre de 2009

Conversaciónes incompatibles

Esta es una conversación banal y cotidiana que frecuentemente se da en un trayecto en transporte público. En este caso, es entre un chico japonés con el mismo nivel de francés que yo, es decir, elemental-básico-raspadillo (para preservar su intimidad, le llamaremos “japo”) y yo (que soy la que escribe y no tengo intimidad).

  • NATALIA: ¡Hola!

  • JAPO: ¡Ei hola Natalia! ¿A dónde vas?

  • NATALIA: A casa ya, vengo de clase. ¿Y tú?

  • JAPO: Yo vengo de hacerme un pasaporte.

  • NATALIA: ¡Ah! ¿Necesitas uno para viajar? Yo creía que con el dni era bastante.

  • JAPO: Sí, yo viajo con el dni, pero en Japón cuando acabas las cotizaciones (es probable que no me haya dicha esa palabra, pero yo escribo lo he entendido) te tienes que hacer uno.

  • NATALIA: Ah... (con cara de: pues eso debe de ser típico de Japón...) ¿Y a dónde vas ahora? (retomando la pregunta que antes no me ha contestado)

  • JAPO: A la residencia, ¿y tú?

  • NATALIA: (¿otra vez?) Sí, yo también.

  • JAPO: Oye, ¿tu sabes dónde puedo (...) una foto?

  • NATALIA: En los fotomatones del metro te puedes hacer... pero no salen muy bien. (Pensando que me está preguntando que cómo se puede hacer una foto... por el rollo del pasaporte, no sé, lo he asociado así...)

  • JAPO: Sí, sí... (Me responde siempre eso cuando no me entiende)

  • NATALIA: Pero tu pasaporte ya lleva la foto.

  • JAPO: Sí. Es que necesito (...) una foto.

  • NATALIA: ¿El qué?

  • JAPO: A ver... tú con la máquina sacas una foto, pero se queda dentro de la máquina. Yo la quiero en el papel.

  • NATALIA: ¿Imprimir?

  • JAPO: ¡Eso! No sabía como se decía.

  • NATALIA: Jajaja La puedes imprimir en frente de la facultad, dónde hacen fotocopias, lo que no se si te lo harán en papel fotográfico.

  • JAPO: Ah... gracias

  • NATALIA: Oye, el miércoles no voy a la clase de francés, porque vienen unas amigas de Barcelona y sólo se quedan ese día.

  • JAPO: ¡Ah! ¿Te vienen a ver desde Italia?

  • NATALIA: No, no, yo no soy italiana, soy de Barcelona.

  • JAPO: Ah... pues hay mucha gente de Barcelona en la residencia, les puedes pedir consejo sobre la ciudad. (Pensando que me voy de vacaciones a Barcelona con unas amigas)

  • NATALIA: ¿Consejo para qué? ( yo no entiendo nada)

  • JAPO: Para conocerla...

  • NATALIA: Sí, sí... (Yo también utilizo el método oui, oui... cuando no entiendo algo) ¿Y tú de qué parte de Japón eres? (por favor... cambiemos de tema)

  • JAPO: De (nombre japonés muy raro que no he entendido)

  • NATALIA: ¿Y está cerca de Osaka?

  • JAPO: No, es que en Japón todo está lejos porque tiene forma alargada. Pasa como en Italia. ¿Tú de que ciudad italiana eres?

  • NATALIA: (y dale...) Yo no soy de Italia, soy de Barcelona...

  • JAPO: ¡Ah! Ahora lo entiendo... ¡entonces no te hace falta pedir consejo para conocer la ciudad!

  • NATALIA: (bien)

  • JAPO: Es que los españoles y los italianos hacéis la gggg igual.

  • NATALIA: ¿La erre? (Haciendo énfasis en la rr)

  • JAPO: Sí, la gggg. Hablais parecido.

  • NATALIA: Bueno la fonética igual se parece (no tengo ni idea de italiano) pero el acento es distinto.

  • JAPO: ¿Ah si?

  • NATALIA: Sí, ellos cantan. (queriendo decir que ponen una entonación distinta)

  • JAPO: (Flipando cuándo ha escuchado algo de cantar) Sí, sí...


Llega la parada de la residencia...


    NATALIA: ¿Bajas? (Pregunta tonta si se supone que me ha dicho antes que iba a la residencia)

  • JAPO: No, me bajo en (entre el ruido del pitido y demás, no se qué parada me ha dicho)

  • NATALIA: ¡Ah! (está claro que pasa de seguir con la conversación de besugos) ¡Pues ya nos veremos!

  • JAPO: ¡Qué pases buena tarde! (Seguido de su habitual reverencia cuando se despide de la gente)


¡Viva la comunicación!

martes, 24 de noviembre de 2009

Volver...

Todo empezó con una mosca. Mientras esperaba a que el avión se empezara a mover la vi revoloteando al rededor mío. Al principio no le di importancia, se habrá colado con algún pasajero... pero luego me puse a pensar. La mosca estaba en Barcelona y sin darse cuenta, al cabo de dos horas, estaría en París. Sin saber como lo ha hecho viajaría de un país a otro. Ella sólo se metió en una puerta y eso le costaría encontrarse en otro lugar. Pero, ¿quién me dice a mí que esta mosca no venía de otro avión, de otra ciudad o de otro país? Lo mismo lo único que estaba haciendo era volver a su casa y lo de Barcelona sólo había sido un accidente.


El avión arrancó. Fue todo bastante rápido. En pocos minutos ya estábamos haciendo la carrera para emprender el vuelo. Me olvidé de la mosca por unos instantes y me dispuse a disfrutar de las cosquillas de la subida y de las vistas de la ventana. Cuando se apagó la luz del cinturón, la volví a ver.


Pequeña... ¿vuelves a casa? Y la misma pregunta me hice yo. La mosca no me contestó pero la entiendo, yo tampoco tenía ni idea. Ahora parece que vivo en el mundo al revés. Voy a casa de visita y “vuelvo” a la que hace dos meses, era una simple ciudad vacacional. Llamo “mi casa” a una habitación con la nevera a los pies de la cama. Tengo una rutina con banda sonora en francés. Cuando voy de visita a mi casa me preguntan como me va por París. Cuando vuelvo a mi otra casa, me preguntan como me ha ido por Barcelona. Y yo, en este punto, ya me he perdido.


Me recuerdo a las niñas pequeñas que se pierden por la calle y viene un señor policía y le pregunta: bonita, ¿dónde vives? Y la niña aún no se ha aprendido el nombre de la calle y no sabe qué contestar al policía. Pues yo tampoco.


El avión aterriza. Tren más tren y vuelvo a ver mi calle. O la calle de la residencia, yo ya no sé... Entonces miro a mi alrededor. La calle de siempre, las casas de siempre, la lluvia de siempre. Y respiro porque he vuelto. Hace tres días volvía a mi casa y ahora vuelvo de mi casa...


Todo depende a lo que llamemos casa... Y ya en mi habitación, con la calefacción puesta y cenando, me doy cuenta de que da igual. Aquí estoy bien, es mi casa. Allí también estoy bien, también es mi casa. Nos empeñamos en delimitar los territorios con fronteras absurdas y esto es lo que hace que yo me coma la cabeza en el avión. Cuando el señor policía me pregunte dónde vivo, no tendré ninguna duda: ¡en el mundo!

domingo, 8 de noviembre de 2009

Un paseo

Sales del metro. Una marea de gente a la vez que tú, casi todos con gafas de sol hipermodernas, cámaras fotográficas al cuello e incluso algún personaje con la camiseta “I Love París”. Levantas la vista y te ciegas por las luces de neón. De todos los colores: azul, verde, fucsia y rojo, mucho rojo. La calle es larguísima y muy ancha. A un lado y al otro gente, mucha gente. Vendedores ofreciéndote “paninis”, bocadillos, crêpes... en inglés, en castellano, algunos incluso en francés. La letra que predomina en los carteles de los comercios, bares, restaurantes y cines de la zona es la X. Sigues hacia adelante. Tienes la opción de recorrerte la calle de un lado a otro o seguir subiendo cuesta arriba. Sigues hasta lo más alto.


Poco a poco la gente se va dispersando. El paisaje va cambiando a medida que subes. El asfalto se transforma en adoquines. Las luces de neón en carteles de toda la vida. Los bares, restaurantes y cines X en pequeños comercios, tiendas de ropa, bares y restaurantes familiares. Entras en la verdadera esencia del barrio. Sigues para arriba. ¡Vaya cuestas! Pero las subes casi sin darte cuenta porque estas tan eclipsado mirando a tu alrededor que olvidas el esfuerzo de tus piernas. Parece que has vuelto a un pueblo, pero no, sigues en París. Te vas metiendo en pequeños callejones, de adoquines, claro. Casa antiguas, pero con un encanto especial. Parques medio vacíos. Y llegaron las escaleras.


Hay quienes las cuentan, pero tu prefieres no hacerlo. Si te concentras demasiado en contar no verás lo que hay a tu alrededor. Y, créeme, vale la pena. A tu paso van apareciendo más casas antiguas. Hasta a la más vieja y polvorienta le encuentras algo especial. El ultimo escalón. Te giras, para ver cuánto has subido. Desde abajo parecía mucho, pero no ha sido para tanto. Te giras y descubres, entre algunos árboles, París. De momento, sólo ves un trocito. Paciencia.


Sigues andando y entras, definitivamente en un auténtico pueblo. Más que todo lo que has dejado atrás. Aunque a medida que avanzas el turismo vuelve a aparecer. Dos calles y descubres el porqué. Se asoma entre tejado y tejado una cúpula blanca. Sigues esa dirección. De repente el aroma de la calle se vuelve a transformar. El olor a pintura y aguarrás reina en el ambiente. Y los ves. Una plaza pequeña llena de gente pintando. Por un instante, te olvidas de la cúpula a la que perseguías y te quedas allí. Pasearías por esa plaza todos los días. ¡Que cuadros! Las sonrisas de los pintores a tu paso te obliga a sonreír también. Por muy triste o enfadado que estés. Da igual. Algunos te quieren retratar, otros te enseñan sus cuadros y algunos tan sólo entablan conversación contigo. La amabilidad se respira por toda la plaza. Un fin de semana, esta plaza está plagada de restaurantes móviles y de turistas. La única oportunidad que tienes de ver los cuadros es metiéndote en una fila e ir andando. Pero por suerte, hoy es martes y un día cualquiera de noviembre. Además llueve y hace frío. En la plaza están los pintores y “cuatro gatos” más. Te acuerdas de la cúpula. Das una vuelta sobre ti mismo y la vuelves a descubrir. ¡Vamos allá!


Se escucha el sonido de una guitarra. Miras hacia un lado y ves a un chico cantando y tocando. Te paras a escuchar un rato. Esa guitarra se transforma en la banda sonora de tu paseo. Sigues andando al ritmo de la música. Una esquina más... y ahí está. Nunca has sido partidario de religiones, dogmas ni templos de culto, pero esto es diferente. No es una iglesia... es una obra de arte. La boca se te abre levemente a medida que levantas la cabeza para verla en su totalidad. Es grandiosa y preciosa. A tus espaldas todo París. Puedes reconocer muchos de los monumentos que has estado viendo repetidas veces estas semanas. Vuelves la vista hacía la iglesia. Guiñas un ojo a una de las gárgolas y te despides de ella. Hasta pronto, hasta muy pronto.