Erasmus... esos personajes llamados erasmus... Nos reconoces fácilmente por nuestra cara de poker cuando nos hablan en otro idioma diferente al nuestro como si hablaran con un nativo. También los puedes encontrar en las fabulosas fiestas erasmus (no a todos... yo ahí no me incluyo) o en pequeños guetos de la nacionalidad a la que pertenezcan, por la pura necesidad de poder comunicarse de una manera fluida sin tener que pensar cada palabra de cada frase. Pero hay una cualidad que nos une a todos, o a casi todos (nunca me ha gustado esto de las generalizaciones, siempre hay excepciones): la afición que tenemos a las mesas de “apuntarse a cosas”. Sí, sí.. una afición un tanto extraña, pero real.
Empiezas el primer día, en la reunión de la presentación del curso dónde te explican lo maravilloso que va a ser este año porque estás en la universidad más maravillosa del mundo. Ahí nos enganchamos... porque esto es como una droga. Aquí los papeles para apuntarse a la visita a la biblioteca... ¿Una excursión a la biblioteca? Y te apuntas, porque igual es útil. Entonces te enteras de que hacen una excursión más barata para los erasmus. Y te apuntas, porque hay que aprovechar las ofertas. ¡Ay, mira! Unos cursillos intensivos de lengua francesa. Y te apuntas, esto ya por pura necesidad, al menos en mi caso. Y llega el día en que se abre el plazo para apuntarse a unos cursos semestrales de lengua, cultura, metodología y fonética francesa, y ahí es cuando la dependencia por apuntarse a algo y no quedarse sin plaza entra el acción.
Primero, nos meten a todos en un salón de actos gigante y nos explican lo maravillosos que son estos cursos. Hasta aquí, la paz reina en el ambiente. Pero de repente, las mesas de “apuntarse a cosas” se abren y los erasmus, como hipnotizados por las palabras “ya os podéis apuntar”, se lanzan hacia abajo como lobos hambrientos. Empieza la batalla campal.
Una marea humana multicultural se avalancha hacía las pobres señoras que presiden las mesas. Empujones y más empujones, esquinas de carpetas en la espalda, golpes, montones de brazos con un carnet en la mano, gritos, muticulturales también.... Y en medio de todo esto, tú, luchando por sobrevivir. Aguantando la presión de tu espalda (que es mucha, os lo puedo asegurar), respirando el poco oxígeno que tus compañeros te dejan y ¡hasta consigues sacar el carnet del monedero!. Pero tanto esfuerzo, merece la pena... llegas a la mesa y aun hay plazas... y por fin, la señora coge tu carnet y te apunta en la lista.
La dependencia poco a poco va desapareciendo y la tranquilidad te envuelve. Ya tienes tu dosis de cursillo erasmus, ya puedes volver a casa.
Y el lunes que viene, ¡empiezan las clases!. Comienza la fase de integración.
Señorita Natalia, continue escribiendo.
ResponderEliminarAunque usted no lo sepa, estoy a la espera de sus noticias por este blog.
Un beso! y disfruta de la experiencia
OOh! Muchas gracias Marta!
ResponderEliminarya seguiré poniendo las cosas curiosas que me pasen!
un besito muy grande y recuerdos a la clase! ^^
Pues sí es caacterística de los erasmus porque aquí no hay tanto émfasis por los cursillos, a partir de ahora me fijaré en los erasmus de mi uni, a ver si cumplen tu teoria jeje.
ResponderEliminarBesitos :)